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215 Si la serie Doctor Who fuera mexicana (Parte 1)

En noviembre de 1963 fue estrenada en la televisión mexicana el programa más longevo de ésta a la fecha: Doctor Misterio, que relata las aventuras de un Señor del Tiempo y viajero espacial. Es una programa de ciencia ficción con toques de misterio, aunque ha sufrido alteraciones importante dependiendo de los años y equipos de escritores, situándose entre un programa de divulgación científica, comedia de enredos y teledrama siempre con el tema de ciencia ficción. Una de sus principales características es su condición de programa de culto, ya que desde sus inicios solo un pequeño porcentaje de la población lo ve con frecuencia, al principio por el horario (los primeros episodios duraban de 15 a 30 minutos y era lo último que se transmitía en la noche) y luego por continuarse en canales de menos audiencia. Al principio era transmitido por XHGC y actualmente, después de una larga lucha por los derechos y la cancelación del programa, se transmite por el canal 22 de la CONACULTA.

A lo largo de los años han sido varios los actores que le han dado vida al Doctor Misterio, cada uno con su estilo y alteraciones en la forma de presentar al personaje y sus aventuras, esto mediante la Regeneración, el método por el cual la forma física del Doctor cambia de un actor a otro para continuar la serie. El papel del Doctor siempre ha estado rodeado de un aura de especulación, ya que hay quienes consideran que el papel lleva una "maldición" mientras otros consideran que es el punto más alto de los diferentes actores que lo han encarnado.

A continuación una pequeña reseña de los diferentes Doctores Misterio.

El Doctor que no fue -1963- Pedro Armendáriz



La serie iba a comenzar por todo lo alto con la presencia de este actor que había ganado reconocimiento a nivel internacional. A pesar de haber grabado algunos episodios, estos nunca se transmitieron ya que Armendáriz se suicidó pocos meses antes de que el primer capítulo saliera al aire dejando a la serie pendiente de un hilo. Los episodios grabados están en poder legal de Televisa y nunca se han transmitido, pero algunas fuentes confirman que son mejores que los primeros que si fueron transmitidos (ya con el reemplazo de Armendáriz) ya que el actor lo dio al Doctor una personalidad mezcla de científico curioso, historiador y aventurero. 

Primer Doctor - 1963-1966 - Fernando Soler



De la forja de la ahora llamada "Época de Oro del Cine Mexicano", Fernando Soler interpretó la primera Encarnación del Doctor durante un período de tres años. Con una extensa carrera en cine, radio y televisión, y con aptitudes de guionista y director, interpretó a un Doctor enérgico, con aires de aristócrata y paternal. Su Doctor era un viajero del tiempo incansable y en sus aventuras casi siempre terminaba envuelto en algún evento histórico de relevancia, como la Revolución Francesa, la Conquista de México o las Guerras Mundiales. Después de un período de tres años decidió volver al cine y a la televisión con sus papeles tradicionales que reflejaban la clase media mexicana, dejando el manto del Doctor a un actor con el que había trabajado antes y al cual tenía en la más alta estima.

Segundo Doctor - 1966-1969 - Germán Valdés "Tin Tan"



El Segundo Doctor era casi el opuesto del interpretado por Soler. Germán Valdés interpretó a un Doctor más jovial, que solía sonreír a la menor provocación y que frecuentemente enredaba a sus enemigos con alguna argucia verbal. Afortunadamente (dicen los expertos) logró separar la imagen de pachuco a la que tenía acostumbrado al público de la del Doctor. Sus episodios aparecían con una distancia mayor entre ellos, ya que frecuentemente se encontraba grabando alguna película. Sus aventuras tenían un tono mucho más ligero que las interpretadas por Soler y se frecuentaba más el estilo aventurero que historiador del personaje. El lado oscuro de ésta época y que el público no perdonó era el argumento de que Germán Valdés nunca dio lo mejor de sí, aunque muchos fanáticos de la serie, incluso en la actualidad, lo consideran uno de los mejores Doctores hasta el momento.

Tercer Doctor - 1970-1974 - El Santo



Con el fin de la Época de Oro, y aprovechando el éxito de las películas de terror y acción se tomó la decisión que fusionar al Doctor con otro gran ícono de la pantalla de plata: El Santo, que para 1970 estaba en el auge de su carrera después de presentar "El Santo contra las Momias de Guanajuato". Aunque en retrospectiva parece una idea descabellada lo cierto es que la serie atravesó por uno de sus mejores momentos: los capítulos contaban con mayor acción, las historias mezclaban elementos de terror con ciencia ficción y comenzó a ser transmitida en un horario más familiar, lo que permitía que los más jóvenes disfrutaran las aventuras del Doctor. En Francia estos episodios causaron furor, otorgándole al Santo una proyección internacional nunca antes vista. El mayor reto fue integrar la máscara del luchador a la historia, pero en el último episodio de Germán Valdés optaron por hacer referencia a un accidente durante la Regeneración que causó la desfiguración del rostro del Doctor. Fue durante estos años que los mayores enemigos del Doctor (los Hombres Cibernéticos y los Dalekis) tuvieron mayor presencia.

Cuarto Doctor - 1974-1981 - Ignacio López Tarso



La época más longeva de una Encarnación del Doctor también es recordada como la peor. El motivo: los malos manejos de parte del Gobierno en la industria. Con Echeverría y López Portillo haciendo gala de nepotismo y represión Doctor Misterio tocó fondo y así estuvo durante 7 años. Los guiones pasaban por un equipo de censura gubernamental que los dejaba áridos. Se editaban de tal forma que cualquier idea novedosa que sonara ligeramente "antigobierno" se eliminaba. Si bien López Tarso dio una actuación constante durante su estadía, la falta de originalidad de los libretos, la repetición de las historias y la clara mano del Gobierno en la ejecución del programa dieron luz al momento más bajo de ésta serie, con episodios que tardaban hasta un mes en salir al aire y un claro desinterés del público que tardaría mucho en volver a interesarse por Doctor Misterio.

200 ¡Porque yo soy bien malo!

Una de las pocas, poquísimas reglas que tengo en cualquier consultorio donde he trabajado es "Respeten mi horario". Y una de las cosas que más me molestan (hasta el grado de encabronarme) es que no respeten el horario establecido de la consulta. A bordo, mi horario para consultas se divide en tres bloques: de 11 a 13 horas, de 18 a 19 y de 23:30 a 01:30. Esto cubre los dos cambios principales de guardia (a las 12 y a medianoche) y uno de los menores. Y esto es sólo las consultas, que es una fracción de mi trabajo. De ahí tengo que acomodarme para hacer algunas revisiones en cocina, comedor, almacén, elaborar los reportes que tenga que elaborar, si toca comisaria revisar los insumos, si toca fumigar revisar las áreas a fumigar, dar las pláticas que toquen y claro, comer, ir al baño a realizar las diversas actividades que ahí se realicen y dormir.

Si pido que respeten mi horario es porque, de todas ésas cosas, son las tres últimas las que siempre se verán afectadas. Y me molesta que la gente no lo considere. Y hay un gran motivo: cuando eres el único médico cerca, te hablan a cualquier hora para atender una URGENCIA. Esto significa que te pueden levantar a las 4 de la mañana a suturar a alguien, o interrumpirte en la hora de la comida a acomodar un hombro dislocado, o cosas así. Y dependiendo del problema, son las horas que te pasarás atendiendo, estabilizando, preparando para viajar, viajando, haciendo papelería y demás cosas relacionadas, y de ahí a saber cuándo vas a volver a dormir, comer u orinar.

Y si hay algo que deben saber, es que cuando se trata de regañar a la gente, la gran parte de las veces estoy dispuesto a hacerlo. Lo que molesta, evidentemente, a la gente que recibe el regaño.

La última discusión fue con un tipo fue con un tipo de esos que todos conocemos: los que tratan e salir de todo hablando tonterías, los que buscan "ser cuate" de alguien para encajarse. De los que nunca acuden dentro del horario, pues porque los horarios no son para ellos. Ya alguna vez, en pleno cambio de guardia, me había pedido que le regalara alguna pastilla para el dolor de cabeza o alguna memez así y le había dicho que no.
En esta ocasión, a las 13:30 yo estaba esperando fuera del consultorio a que fuera el recamarero encargado de asearlo, para decirle algo de unos focos o algo así, y llegó este tipo "aprovechando pos que estaba allí" (es decir, si no me ve afuera, ni se acuerda de su gran dolencia). Entra al consultorio y empieza:

Tipo: "Fíjate médico, que traigo un dolor en la cabeza y en el cuello, ¿será grave?"
HCC: "¿Desde cuándo tienes el dolor?"
T: "Noooo, ya tiene varios meses, pero yo quiero saber si es grave o no." (Primer WTF)
HCC: "¿Cómo que varios meses?, ¿no has ido a que te revisen allá abajo?"
T: "No, pos la verdá no."
HCC: "¿Y porqué no has ido?"
T: "Pos porque no sé si es grave o no, ¿será que es grave?" (Segundo WTF)
HCC: "No sé, si tu no te has preocupado en todo éste tiempo, ¿cómo quieres que te trate?"
T: "Pero si yo no vengo por medicamento, yo vengo a que me digas qué tengo, si es grave pa' que me bajen" (Es decir, quería consulta completa, en horario de trabajo, "pos aprovechando, ¿no?", y de plano bajar antes de tiempo y que le paguen su incapacidad, argumentando que se lastimó en el trabajo o algo así)
HCC:"No, no, no, no, no. Pues no puedo, porque para empezar, no es hora de consulta, ven a las 6, si quieres"

Dicho esto me levanto y busco algún analgésico en el anaquel, para darle mientras daban las seis.

T:"¿Está enojado?"
Y si, estaba un poco molesto, pero le dije que no, porque no me han visto enojado de verdad.
T: "Ah, pues así es su carácter, ¿verdá?"
HCC: "Si, así soy yo"
T:"Pos a ver cuánto dura aquí..." (Y después de esta frase de "ay, el dotor es malo-nomequiereatender", dejé de buscar el medicamente y levanté la voz, y ya me había tardado).
HCC-"¿Es una amenaza?" (En éste momento se levanta y se dirige a la puerta con una rapidez que contradecía "su mucho dolor", pero eso sí, se fue murmurando algo que no entendí)
HCC: "Te hice una pregunta, ¿fue eso una amenaza?"
Se voltea, ya afuera del consultorio, y dice:
T: "Pos aquí nadie lo quiere, ya van varios que hemos hablado y esas contestaciones que da no son correctas, a usté le falta amabilidá".
En eso recordé que eran las 13:40, y yo llevaba casi 12 horas sin comer y que había dormido unas cuatro horas, y pues no iba a recibir una lección de "amabilidá" de alguien que se sale de su labor porque me ve fuera del consultorio y fuera de horario y "pos aprovechando, ¿no?"
-"¿En serio?, pues mire cuánto me importa"
Y le cerré la puerta en la cara.

Sé muy bien quiénes son los que están inconformes con mi trabajo a bordo: los que llegan fuera de horario por cosas que no son urgencias, los que, a sabiendas que determinado alimento les produce gastritis/alergia/diarrea lo comen y se molestan cuando no hay el medicamento que ellos quieren para controlar la gastritis/alergia/diarrea, los que me quieren decir cómo hacer mi trabajo, los que "se lesionan" en su guardia, se van a dormir doce horas y regresan diciendo que les duele mucho y que no pueden trabajar, los que se quieren incapacitar por todo, los que no saben (o no quieren entender, más bien) que el servicio médico abordo no es un hospital particular ni su clínica de control de enfermedades crónicas.

Cosa rara, todas éstas personas son las mismas cinco o seis de siempre, aquellas que los otros médicos ya me habían advertido, y las cuáles sus mismos compañeros trabajadores ya se saben las mañas y me advierten contra ellos.

Afortunadamente, parte de mis funciones no es hacer que la gente me quiera, y los que han recibido un buen servicio, a pesar de mi carácter, el regaño o lo que sea, me lo han dicho.

Pero es que yo soy bien malo.

188.1 Urgencias reales.

Ayer fue mi primera urgencia real abordo de un barco. Una experiencia totalmente nueva, como cabría suponer.

Paciente semi-inconsciente, con herida en la cabeza, diabético, una pierna sin movilidad aparente, poco cooperador...en fin, una urgencia. ¿Qué atiendes primero?, ¿qué le administras?, recuerda que estás en tiempo extra y podrías no estar pensando las cosas de forma adecuada, ¿y si te equivocas?, ¿y si el helicóptero tarda en llegar y el paciente se descompensa?, ¿qué se te olvidó? (y esta es la pregunta más difícil), ¿qué se te olvidó?, ¿qué se te olvidó?


Espero que nada.


Hoy mi paciente amaneció en el hospital, en tierra. Aparentemente estable, pero sin cambios en condición neurológica.


Yo amanecí molido, con ésa sensación postguardia que sólo los masoquistas y los médicos aprendemos a disfrutar. Ahora viene la parte de mi trabajo que menos disfruto: papeles, reportes, papeles, notas, papeles.


Hoy atiendo a un paciente que desde el día que llegó (ayer) presenta, según él, un dolor incapacitante que no le permite trabajar. Ya me habían advertido contra personas así.


La nada sutil diferencia entre una urgencia real y lo que haría una persona para no trabajar.

186.4 Realidad Alterna (12)

Las olas alzan y hunden al barco en cada golpe. Mientras escucho al sobrestante gritar para que traigan los sacos de arena y los esparzan en cubierta no dejo de pensar en dos cosas: en la fiebre amarilla y que en cinco días es mi cumpleaños.


Si no hubiera sido por la fiebre amarilla estos niños no estarían abordo. Una cosa es mandar soldados entrenados a la guerra y otra traer niños y ancianos y mendigos y escoria a pelear por España. Los veo y noto que no saben ni usar un fusil. O acarrear los sacos de arena de forma adecuada. Les grito órdenes claras y concisas y veo el terror y la confusión en su mirada. Los ingleses vuelan hacia nosotros, los cañones se aprestan y la sangre correrá como agua.


La arena es para absorber la sangre de éstos pobres diablos.


Mis instrumentos están listos. ¿Cuántos brazos y piernas serán ésta vez?, ¿cuántos ojos se perderán por las astillas y la pólvora?, ¿cuántas vidas, cuántas almas?


Es mediodía. Escucho a los oficiales gritar. Después de las primeras maniobras, la retaguarda dispara sobre la Royal Sovereign. Nos desplegamos, la combinada está lista. Nelson se lanzó al contra-ataque. La Invencible abre las alas, como un águila. Nelson ataca el centro. Audaz, cruel, quirúrgico. El tiempo se detiene cuando los cañones truenan. La sangre se desborda. Los gritos permanecen acallados por el estruendo. Los gritos poco a poco suben de volumen. Algunos imploran a Dios. Otros al Rey. Otros a su madre. De pronto, uno pide un médico.


Es 21 de octubre en el Cabo Trafalgar. Faltan cinco días para mi cumpleaños. Pero ni yo ni la Santísima Trinidad ni el mismísimo Horacio Nelson llegaremos a ése día.

173.1 Realidad Alterna (11)

Me tomó solo un minuto terminar de preparar las papas fritas. Un poco de salsa picante, un poco de limón y otro poco de salsa inglesa. Llené dos vasos de refreso.

-¡Pónle play!-grité desde la cocina. Puse las cosas en la bandeja y me dirigí a la sala.

La serie ya llevaba varios capítulos, pero conseguí la primera temporada, y era la primera vez que la veía. La primera vez que la veía con ella. Y ella estaba ahí, sentada en el sillón de la sala, esperándome, con el dedo en el botón.

Trataba sobre un avión que chocaba en una isla. Misterios, monstruos, viajes al pasado y realidades alternas.

El tema me pone a pensar. ¿Existen realidades alternas?, ¿otros "yo", con vidas y sueños distintos?, ¿otros mundos, aparte de éste? Y por un breve instante vislumbro un multiverso, repetido hasta el infinito. Pero dura eso, sólo un breve instante. Sin zombies, sin naves espaciales, sin guerras eternas ni las labores de un médico-brujo. Al final solo sería yo. Y ella.

¿Ella está en esos mundos? La veo a por encima de las botanas y las bebidas. Ella me mira, expectante. ¿Ya?, parece decirme. Ya, y le doy un beso.
Tal vez ella no sea ella. Sería otra ella en esos mundos. Pero, ¿y si es ella?, ¿simplemente ella? Siempre será ella. Siempre y nunca, tal vez.
¿Qué piensas?, pregunta. Nada. Nunca pienso nada. Entonces, cierro los ojos y cuando los abro...

...cuando abro los ojos estoy en una isla.

166.3 Realidad Alterna (10) - A long time ago, in a galaxy far, far away...

Éste me fue enviado por Feco, El Señor de las Moscas, como adición a las otras realidades alternas que han aparecido esporádicamente en éste humilde blog. Espero les guste tanto como a mi. Aunque debo admitir que el cuento original fue ligeramente modificado, añadiendo y quitando detalles por aquí y por allá, conserva todo lo indispensable para que un Warsie le comprenda en su totalidad.


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El aire estaba lleno de un olor a basura en Ord Mantell. Recién habíamos llegado de los restos de Alderaan y bebíamos alegremente. Por ahí, en el grupo central, junto al grupo de música que me recordaba a Figrin D'an and the Modal Nodes, veía sonreír a Col Serra y a Solo, un par de viejos piratas mañosos que sabían vivir en serio.
Entre varios mon calamaris, nautolans, humanos y wookies terminé conversando airadamente con un Bothan singularmente belicoso llamado Jum’ Bert, que no paraba de escupir en su lengua arrastrada los beneficios del gobierno Garon Jum’tza, de su familia. Ya sabía que los bothans hablaban demasiado, pero éste superaba el estándar de su raza.
Justo cuando había logrado deshacerme de él y su egocéntrica conversación bothese, el compresor de la puerta de la cantina se abrió, y con él, entraron los rojos disparos mortales de 5 cazarrecompensas IC-88. El nutrido grupo de malvivientes que éramos el Escuadrón Renegado comenzamos a defendernos como podíamos. No imaginábamos que el Imperio nos hallaría aquí, en nuestro territorio, en el basurero del sector.
Una lluvia de blásters inundó el lugar, voces y gritos por doquier; era evidente que muchos de los que estaban en la cantina, aparte de los cazarrecompensas, trabajan para el imperio. Tarde nos dábamos cuenta, cuando estábamos a punto de ser masacrados. Para mi sorpresa, el bothan disparaba eficiente y rápidamente. Sentía cómo mi blaster comenzaba a calentarse, cuando Col Serra gritó las instrucciones: todos debíamos abandonar el lugar lo más rápido posible. En el camino de salida, Solo me pidió que lo ayudara a sacar al bothan, que estaba acorralado en la esquina sur del lugar. ¿Por qué era importante para Han ese bothan?
A disparos, con mi pistola quemando mi mano, llegamos hasta la esquina bordeando la barra y escurriéndonos entre los compresores de agua, que nos salpicaban a cada tiro del enemigo.
Llegamos cuando Jum’ Bert caía por un golpe seco de un blaster en su cabeza. Era una pena perder a un compañero, era algo que pesaba mucho para la Alianza y aún más para el escuadrón. Pero ni Solo ni yo podíamos quedarnos más tiempo. Logramos escapar por un túnel de ventilación (utilizado para efectos de contrabando, con toda seguridad) bajo la barra.
Cuando hubimos llegado al puerto, antes de subir a mi Nebulon-B modificada, le pregunté a Solo por qué era tan importante el bothan. “Es el único superviviente de un grupo de bothan infiltrados en el Imperio. Trae algo importante con él.” dijo a secas.
Los disparos en Cor Mantell seguían, Han subía al Halcón Milenario recibido por los estridentes gritos de su wookie amigo y yo solo me quedé ahí, parado mientras apretaba mi blaster en mi mano. Volteé mi cara hacia la cantina, de donde salía ya humo azul. “Entonces es un héroe”.
Y subí a mi nave.

165.7 Realidad Alterna (9)

"Arranca el doceavo episodio de los que muchos han denominado la pelea del siglo. Los dos titanes se acercan al centro del cuadrilátero e inicia el intercambio de golpes. El retador, de pantaloncillo blanco muestra claras señales de cansancio, mientras que el campeón, de vestimentas verdes, aún parece no sentir los estragos de éstos agotadores doce episodios. Humbert inicia con una serie de rápidos jabs a la mandíbula del campeón, cruza un recto que es detenido por la defensa del campeón, quien de inmediato responde con un gancho a la zona blanda. El campeón inicia la ofensiva mandando a Humbert con una sucesión rápida contra las cuerdas, un cruzado de derecha y termina con un recto a la cara. ¡Hay sangre en la cara del retador!, un corte en la ceja, pero el brutal intercambio en el centro continúa, éstos dos gladiadores no se están dando ni un respiro. El campeón vuelve a castigar la zona blanda y el hígado con un gancho, Humbert parece a punto de desfallecer, ¡qué alguien detenga la pelea, el retador no puede más!, señores y señoras, ésto dejó de ser una pelea para convertirse en una masacre dentro del cuadrilátero, pero Humbert ha dado la señal a sus asistentes de no tirar la toala todavía, el campeón se acerca, uno-dos, uno-dos al rostro, otro gancho, un uppercut a la mandíbula y Humbert se trastabillea, ¡esto es inaudito!, ¡el campeón se acerca para rematar, lanza el golpe a la cara y...!

¡Señoras y señores, el retador logra salir de la zona de castigo!, ¡Humbert lanza un rápido jab, otro, otro!, ¡nunca había visto algo así antes!, ¡el retador está de pie y lanzando!, ¡conecta!, ¡conecta!, ¡esto es inaudito, el retador tiene una oportunidad!"

164.8 Realidad alterna (8) - Navidad

La noche anterior al cónclave fui visitado en sueños. Soñé con la acacia y las manos que la tallan. Soñé con un mundo cubierto de sangre, y vi un Trono que ocupaba el Cielo y la Tierra. "Ve y piensa" me ordenaron en sueños, y entonces vi a un Rey cubierto de oro y sangre. Desperté cuando el Sol Invicto levantaba, y le seguí por otra jornada.

Como estudioso, había observado los cielos durante tres cuartas partes de mi vida. Aún siendo jóven entre mis iguales de conocimientos, fui señalada por el lucero para emprender la peregrinación hacia el Este, donde estaba el recién nacido a quien visitaríamos y llevaríamos regalos. Cerré mi observatorio, mi biblioteca y mi casa. Di órdenes a mis esclavos y a mi mayordomo y emprendí el viaje a través del desierto con mi regalo envuelto en telas húmedas. Al anochecer del séptimo día de viaje, y después de despedirme del lucero que nos había guíado, entré al cónclave donde sólo los iniciados en los misterios pueden entrar.

El Cónclave estaba precedido por Beltasiar, el más sabio de todos nosotros. Se dirigió a nosotros con bellas y veritas palabras, felicitándonos por nuestra premura. Nos advirtió acerca de las predicciones que se había realizado acerca de la situación del rey Herodes, y nos pidió que fuéramos discretos a la hora de revelar nuestros secretos y la naturaleza del viaje a algún miembro de la corte de Herodes. Al finalizar, solicitó que cada quien expusiera su presente, ya que todo debía ser conforme había sido señalado por los Profetas. Él mismo extrajo de su bolsa unas monedas de oro y ornamentos del mismo metal precioso. Los dorados destellos se confundieron con el brillo de su mirada y su aceitunada tez.
"-Le llevo vulgar oro, tan codiciado por los hombres y tan despreciado como si fuera opaco plomo por nosotros, cómo símbolo de su calidad como Rey. La fortuna que le entrego es pequeña, pero hará sus primeros años más llevaderos, hasta que se erija como Rey de los Hombres."
Melkar tomó entonces la palabra, mientras extraía de sus alforjas una caja de ébano que contenía el más puro y oloroso de los inciensos. El campamento se llenó del dulce aroma que nos prometía el Paraíso.
"-Yo le llevo delicado incienso, más puro que el que utilizan los sacerdotes de los que tanto hacemos mofa, porque Él será el Sacerdote de la Única religión: el amor al prójimo."
Gaspar entonces se adelantó, mientras extraía de sus ropajes un frasco de mirra, el preciado bálsamo traído de Chipre.
"-Yo le entregaré el rojizo bálsamo, cuyo color y textura le recordará que Él es, ante todo, un humano como nosotros, y que como tal, debe aprender a amarnos."

Uno por uno los sabios mostraron sus presentes. Cuando tocó mi turno, extendí las telas húmedas y saqué mi regalo: una tierna acacia, algo más que un brote; sin duda, un regalo humilde en comparación a las riquezas que otros entregarían. Melkar y Gaspar me miraron con duda, y Baltesiar exclamó:
"-Tu regalo es muy peculiar, venerable hermano, por favor, atiende nuestra súplica y explica su significado, ya que un árbol de semejante edad tardará mucho en crecer fuerte y vigoroso como los ejemplares adultos."
No podía hablarles de mis sueños, mis visiones y las pesadillas que me perseguían. Tomé la pequeña acacia entre mis brazos y me paré frente a la hoguera.
"-Hermanos, no es mi intención terminar el viaje que hemos comenzado. Nunca llegaré adonde está el niño, ya que debo desviar mi ruta más allá del dominio de Herodes y plantar el árbol. Mientras sus regalos ayudarán al niño en su juventud, temo que el mío sólo podrá servirle en su edad adulta. Ambos, niño y árbol crecerán, y está escrito en estrellas que no vemos que algún día estarán juntos. Mi regalo es uno que le permitirá descansar en sus horas de máximo esplendor o total oscuridad. Si se erige Rey, la madera servirá para construir un hermoso trono. Si decide ser sacerdote, un catre será formado del tronco. Siendo humano, la madera formará su cama, y si llega a fallecer como hacemos todos, el ataúd será su último hogar."

Mis hermanos meditaron mis palabras, y Baltesiar, el más sabio entre nosotros, me miró con sus ojos tristes. Supe que él había tenido los mismos sueños, y ahogando las lágrimas, me contestó:
"-Sheitan, tus palabras son ciertas. Ve y planta el árbol, y que sirva de descanso para el niño que se convertirá en hombre, rey, sacerdote y dios."

Y fui, y sembré el árbol.
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33 años después, un bosque cercano a Jerusalem.

Panterus inspeccionaba las acacias. Los árboles crecían majestuosos y sus raíces eran fuertes. Sólo una cosa gustaba más a Panterus que talar árboles, y era ver como los carpinteros judíos hacían cruces que serían utilizadas para ajusticiar a criminales judíos. Se dirigió con su escuadrón de trabajadores a la zona sur del pequeño bosque, y buscó árboles que tuvieran un buen tamaño. Encontró uno, en una pequeño claro, y lo rodeó buscando terminas o madrigueras de animales. Era perfecto. Tomó junto con otro hombre la sierra a dos manos, y comenzó a talar. Panterus era feliz talando árboles.

160.7 Realidad Alterna (7) - Día de Muertos

El viaje entre Santiago Tuxtla y El Zapotal se realiza en una camioneta de las denominadas viajeras: camionetas Nissan de doble cabina, modificadas con un toldo y asientos en la parte de atrás, aunque invariablemente Don Lupe, uno de los dos conductores que entran para El Zapotal, me invita a sentarme adelante, para ir más cómodo.

La región que atraviesa la viajera consta de visitar varias poblaciones ligeramente aisladas, a las orillas del camino principal, como Río Grande, Rincón del Zapatero, la Florida, Tibernal y algunas aún más pequeñas, que ni siquiera tienen mención en los mapas. Entre poblados, se atraviesa una carretera secundaria, asfaltada y descuidada, con un tránsito que cada día parece disminuir mas. Debido a la temporada de lluvias, que este año tardó más de la cuenta en comenzar, las plantas y árboles situados a ambos lados de la carretera crecieron exhuberantemente, al punto de llegar a invadir el camino, dificultando el paso de vehículos en algunos puntos como las traicioneras curvas. Fue debido a esta situación y a la lluvia que no dejó de caer desde que tomé la camioneta en Santiago, que el vehículo derrapó y salió del camino, en una de esas curvas situadas entre Guinda y Tibernal, casi a punto de llegar a El Morillo. La camioneta se tambaleó un poco y terminó enterrada en lodo, a unos veinte metros de ls carretera. Afortunadamente, sólo viajábamos Don Lupe y yo, así que no hubo heridos que atender. Vimos el estado de la camioneta, la cual no sufrió más daño que estar hundida en un charco de lodo, y Don Lupe tomó la decisión de ir a buscar ayuda al taller de Tibernal, donde podría llamar a una grúa. "No se preocupe, médico" me dijo, "usted puede esperar en aquella casa, la que se ve detrás de ese árbol, ahí hay un techo y una banca para que no se moje más". Señaló una construcción apenas disimulada por la vegetación, la cual contaba, efectivamente, con un techo de lámina lo suficientemente ancho para cubrir a una persona y un tocón de árbol a modo de asiento.
Así que mientras Don Lupe se marchaba por ayuda, yo me senté fuera de lo que parecía una casa abandonada, aunque bien conservada, protegido de la lluvia y sentado. Después del desvelo, el incómodo viaje de tres horas de Veracruz a Santiago, el accidente en la viajera, y escuchando el sonido de la lluvia golpear la lámina de zinc, lo más natural del mundo fue quedarme dormido.

Abrí lo ojos en mi sueño, sentado en aquel tocón. Me había despertado un ruido que no había podido identificar, proveniente de algún punto dentro de la casa. Aunque sospechaba que se trataba de un episodio onírico, y puesto que no me despertaba, decidí levantarme, continuar con ése sueño. Me acerqué a la puerta de la casa y al atravesarla, me encontré en la sala de espera de mi Unidad Médica, en Zapotal. La transición no me impresionó, porque esto ocurre a menudo en sueños. Fue la consciencia de la transición lo que me extrañó, ya que nadie tiene tal control sobre los sueños sin despertar.

Tomé asiento en mi escritorio y divisé una figura vestida de blanco que venía de la sala de espera. No era, como suponía, mi enfermera, sino que era una mujer bastante alta, delgada y con el rostro cubierto de un velo blanco. Supe que no quería verla sin el velo, y me limité a escucharla. "Ya llegaron sus pacientes, doctor" me dijo. Y sin esperar, se dio la media vuelta.

Sentado en el escritorio, escuché unos pasos de pies delcalzos, unos pies que se arrastraban. Entró don Marcos, un anciano de casi 100 años, arrastrando los pies. "Fíjese doctor, que ya no me dan los dolores. Ésas pastillitas que me dio funcionaron bien, me dieron mucho sueño y cuando abrí los ojos, ya nada me dolía" me dijo. "En fin, sólo vine a dejarle esta flor de agradecimiento" me dijo, mientras me entregaba un cempaxóchilt. Se marchó con su centenaria sonrisa desdentada, dejándome sumido en mis pensamientos. Pero apenas se hubo marchado, entró don Inocencio. "Doctor" me dijo, "sólo pasaba para decirle que usted tenía razón, ése dolorcito en el pecho que me quitó solito. Bueno, en la noche me dolió un poco más, pero amanecí como nuevo. Usted si sabe lo que hace, doctor". Don Inocencio siempre era parco de palabras, así que me dio la mano y me extendió una caña de azúcar. "Ahí se la come cuando tenga tiempo, doctor, yo me voy".

Después entró doña Catalina. "Ay doctor, qué bueno es usted, me ahorró un dinerito y tenía razón, yo no necesitaba el segundo papanicolau para comprobar si ya no tenía la...¿cómo se llama?, la displasia ésa, aquí le dejo una narajita por si usted gusta".
Después fue don Flavio: "Fíjese mi doctorcito, que la inyección que me puso me calmó el dolor de hueso. Estuve sangrando por la noche, pero hoy amanecí como niño de 15 años, mire usted. Además, hoy vino mi prima, ¿se acuerda que le conté, la de la cirrosis?, pues vino y hoy nos vamos a ver a mis padres. Le agradezco mucho mi doctorcito, aquí le dejo esta tacita de chocolate, pa´ que desayune".
Después fue doña Mago: "Gracias doctor, ya se me quitó el dolor de cabeza que no me dejaba dormir, lo malo es que ahora no he visto a mi marido desde que desperté, pero no importa. Tome, le dejo una calaverita de azúcar, con eso del día de los difuntos".

Así fue gran parte de mi sueño, cuando terminó la consulta, yo salí de la sala con un ramo de flores, varios kilos de naranjas y cañas, dos calaveritas de dulce, café de olla, café, champurrado, tres panes de muertos y el agradecimiento de mi comunidad. Pero no me sentía bien. Estaba a punto de salir por la puerta cuando la figura vestida de blanco, sentada en el escritorio de la enfermera, me dijo: "Por cierto doctor, para mañana están citados los niños, para abrir temprano la consulta. Recuerde que hubo epidemia de gripe en la escuela y pues todos se sienten mejor ahora y quieren venir a agradecerle su atención".

Abrí lo ojos en el tocón, afuera de la casa abandonada. La lluvia continúa cayendo, y a lo lejos divisé que venía Don Lupe con la gente del taller. "No se preocupe, médico, ya salimos de ésta y nos vamos para El Zapotal". Esperé que sacaran la camioneta del bache, tomé mis cosas y me subí. "Por cierto", me dijo Don Lupe, "aquí le manda esto mi señora" y me entregó unas flores de cempaxóchilt recién cortadas, "dice que ya se siente mejor con lo que usted le mandó". Y continuamos nuestro viaje.

156.1 Realidad alterna (6)

-Me pregunta, sargento, qué fue lo que me llevó a estar frente al edificio ése día, frente al Dakota. Ya le dije que no tengo una respuesta. Por lo menos no una que le pueda satisfacer.
-...
-Si, sargento, si insiste le contaré como llegué ahí, pero...
-...
-Si, lo sé, puedo guardar silencio, pero tengo que contarle la historia para saber si usted puede decirme que hacia yo frente a ése edificio.
-...
-Mi historia comienza en 1969...si, le puedo decir el día. Mi historia comienza el 30 de enero de 1969, en pleno invierno inglés. Yo me había movilizado a Inglaterra como parte de un programa de intercambio, y fui recibido por una vieja conocida del programa, Eleanor...¿su apellido?, no, lo siento, por el momento no me acuerdo. Me recogió en el aeropuerto y me llevó hacia su casa, en la ciudad de Westminster. Platicamos gran parte del camino y si, el grupo salió en la conversación.
-...
-Sargento, con todo respeto, en esos días todo mundo hablaba de los Fab Four...
-...
-Si, ella estaba algo alterada, aún más que yo. Yo era muy joven en 1969, y no conocí la importancia del grupo hasta tiempo después, pero los había escuchado y si, me gustaba su música. En fin, como parte de la plática, y ya que su casa quedaba cerca de St. John´s Woods decidimos caminar por Abbey Road...
-...
-También lo sé, la misma calle de la famosa portada del albúm. En fin, como decía, dentro de la plática surgió el grupo y Eleanor decidió llevarme frente al estudio, sólo para que lo conociera. "¿Estás segura?" le pregunté, "claro, ¿porqué no?" me dijo, "bueno, es que no soy tan fanático", traté de disuadirla. Al final, ella ganó, y caminamos con ése frío hasta el estudio. "Además, no tienes nada que perder, después de todo, Paul está muerto desde hace tres años", me dijo, entre risas. Estuve a punto de contestarle, pero de pronto...
-...
-Si, el concierto en la azotea. Es irónico que la primera vez que en verdad lo escuchaba fuera la última vez que tocarían algo así juntos.
-...
-Un viaje mágico y maravilloso, en mis y sus propias palabras, sargento. Fue ahí cuando comenzó mi propio viaje. Fue la magia de ésa música la que me hizo comprarme el primer disco y todos los que siguieron después. Cuando salieron "Abbey Road" y "Let it be", fui el primero en la fila para comprarlos.
-...
-No, no sabía si lo que me había dicho Eleanor de Paul era broma o no, pero recuerdo que al terminar el concierto, todavía yo llorando, le pregunté si era posible "tocar así estando muerto". Pero después vi la portada de "Abbey" y del "Club band" y tuve mis dudas. Ya sabe, la mano, la ropa, la falta de zapatos y demás indicios...
-...
-Si, sé que me salgo del tema, pero tenía que contar cómo inició todo para poder contarle cómo terminó todo. Terminó de la forma que ustedes saben, frente al edificio Dakota. También le puedo decir la fecha, sargento: fue el 8 de diciembre de 1980.
-...
-No, yo no estaba ahí por él. Es irónico que la única persona que les pudiera decir porqué estaba yo ahí sea...
-...
-¡No!, ¡se trata de un error sargento!, yo estaba en Nueva York para visitar a Eleanor, estaba sola y desesperada y a punto de morir según que me escribió el padre Mackenzie. Tomé el primer vuelo desde México y me dirigí al Dakota para visitarla; no tenía idea que era el mismo edificio donde él vivía...
-...
-Sí, ya le dije, me detuve un momento a comer un hot dog y a la hora de pagar golpeé a un joven que estaba de pie junto a mi. Cayeron al suelo algunas monedas y un disco. Me llamó la atención, claro, porque en el 80 yo ya era fanático y aún no tenía el "Double Fantasy". "Disculpe" le dije...
-...
-No, sólo me miró enojado. Recogí el acetato y le sacudí el polvo. No estaba roto ni nada. "Se lo puedo pagar si hay algún problema" le comenté. "No te preocupes" me contestó por detrás de sus lentes. Se llevó la mano a la gabardina y sujetó algo. En ése momento pensé que me iba a pedir un número de teléfono, sacar un bolígrafo o algo así, pero no. Lo que fuera que tuviera ahí lo volvió a soltar...
-...
-No sargento.
-...
-No...
-...
-Sólo dijo "Ahí viene", y se acercó a John...
-...
-...
-...
-Cuando todo terminó, subí al departamento de Eleanor.
-...
-No. Aún no estaba muerta, el padre Mackenzie estaba con ella y aún podía hablar.
-...
-Si, dijo "No era Paul, todo este tiempo y nunca fue Paul". Ésas fueron sus últimas palabras.
-...
-¡No!, ¡ya le dije que no!, ¡no sé porqué insiste en decirme que no existe ningún padre Mackenzie ni ninguna Eleanor murió ése día!, ¡ya le dije que no sé como llegó ésa otra pistola a mi chamarra!, ¡ya le dije que yo no tenía intención de matarlo, ni matarla a ella, que ni siquiera sabía que ellos vivían en el Dakota!, ¡sólo quería que me respondiera porqué dejo que el grupo se desintegrara, sólo quería decirle que su música era perfecta y que debía volver a reunir a la banda!, ¡no sabía que ése desquiciado de Chapman le iba a disparar antes de que pudiera hablar con él!

152.6 Realidad alterna (5)

De nuevo está ella allí afuera, flotando. Nos miramos por horas a través de las ventanas de mi módulo, sin cruzar una sola palabra. Sé que es una alucinación provocada por mis menguantes niveles de oxígeno, la falta de vitaminas que mi procesador de alimentos no puede suplir o la incomunicación que he sufrido desde hace seis meses. Y lo sé porque ningún ser vivo soportaría estar flotando afuera de mi módulo en el vacío del frio espacio sideral. Pero no puedo simplemente ignorarla.

La misión es sencilla, me dijeron. El sector espacial 287 es tranquilo, me dijeron; serán unas vacaciones, regresarás pronto, y demás mentiras que me convencieron para trabajar para el Instituto Mexicano de Simulaciones Siderales. Una farsa total. Mi módulo estaba en mal estado aún antes del despegue, y aunque avisé con tiempo, me dijeron que la misión era tan sencilla que aguantaría perfectamente. El motor falló en cuanto llegué al sector 287, y aunque solicité ayuda de inmediato, el I.M.S.S. sólo pudo conseguir que alguien me lo "medio-reparara". ¿Sistema de navegación?, mi computadora Limbo Unión-Planeta-Espacio (o L.U.P.E.) estaba más perdida que yo. ¿Soporte vital, agua, alimentos? Bueno, si no te importa que todo, hasta el agua, supiera exactamente igual, no era tan grave. ¿Oxígeno?, pues bien, estoy seguro que los filtros desechables eran de café. ¿Comunicación?, ajá, sólo puedo recibir señales de radio, así que todo lo que he escuchado me llega con cerca de 102 años de retraso; por cierto, la música era buena en ése entonces. No importa, me dijeron, hacer esta misión con nosotros te garantiza un retiro temprano. Caray, tenían razón.

Ahora estoy a punto de retirarme para siempre. Apenas seis meses y mi nave está completamente disfuncional. No puedo hacer más que comer, dormir y volverme loco. En más de una ocasión consideré tomar el arma que tengo asignada y esparcir mis sesos por el tablero del módulo, o abrir la escotilla y flotar libremente por el resto de la eternidad en la infinita negrura. Pero entonces ella llegó.

La primera vez que la ví pensé que era una mancha en el vidrio reforzado. Pero ninguna mancha es tan hermosa. Sus ojos contenían la luz de mil soles, su sonrisa era como una supernova en pleno apogeo, sus labios tenían los luminosos bordes de las galaxias impresos en ellos. Su piel parecía irradiar pura luz, y en ella divisé lunares de estrellas. Su cabello me recordaba a las nebulosas. Una de sus manos se apoyó en el vidrio, con la palma hacia mí. Poco a poco puse mi mano sobre la suya, y sentí el calor de su ser a través del vidrio. Me dijo que su nombre era Zabdy.

Sé que es una alucinación. Lo tiene que ser. Pero es la alucinación que quiero. Agradezco que mis neuronas hayan elegido este patrón de sinapsis en las postrimerías de su apoptosis, dándome la visión de éste dulce ángel de la muerte. Aún puedo escuchar ésa hermosa música de hace un siglo, y a veces me siento enfrente de la ventana con mi radio a todo volumen, contemplándola. Ella es mi Quinta Sinfonía. Ella es las Cuatro Estaciones. Ella es la Marsellesa, es Strawberry Fields, es God gave rock and roll to you, es Beautiful Day, es Te quiero.

Aún ahora la alucinación persiste. La veo flotar allá afuera, impulsada por unas alas compuestas de polvo estelar. Se acerca a la escotilla, y mi delirio es tan grande que la veo abrirla. Las alucinaciones no pueden abrir escotillas, además, el vacío me mataría. Sabiendo eso, no puedo dejar de maravillarme al ver que mi cerebro continúa con su loca representación, y siento el aire moverse junto a mí para escapar al espacio a través de la escotilla abierta. Siento el jaloneo de mis pulmones cuando estallan al estar en el vacío, y siento incluso la falta de gravedad. En mi sueño despierto, estoy a punto de morir, y mi ángel se acerca suavemente. "Es hora" me dice, con la voz más dulce del universo. Siento que mi corazón está a punto de estallar, y no sé si es por la inminencia de la muerte o por tenerla tan cerca de mi. "Cántame algo" me dice, pero yo ya no tengo aliento, y ahí, flotando hacia el espacio, comienzo a escuchar la canción más hermosa del universo, y descubro, maravillado, que siempre he conocido la letra. La letra de ésa música es el amor, y de alguna forma, comienzo a cantar para nunca detenerme cuando ella posa sus labios en los míos.

151.3 Realidad alterna (4)

La Pahtli surcaba las frías aguas a través de un océano dormido y por debajo de un cielo nublado que presagiaba el fin de nuestro viaje, ya sea de un modo o del otro. Mientras llegábamos a la altitud y latitud correspondiente al mapa que obtuvimos en la Universidad, observamos la impresionante mole surrealista que surgía del mar. Los prodigiosos ángulos y las enormes piedras de dimensiones increíbles casi provocaron la salida de verdaderos alaridos de nuestras gargantas. Los terrores sufridos en nuestra aventura palidecían con el irreal paisaje ciclópeo que contemplábamos.

Recuerdo el lejano inicio de la aventura, en abril de 1925, con los sueños que me habían perturbado de sobremanera. Sueños de horrores de más allá de las estrellas, horrores de colores increíbles que desafiaban toda la lógica de la cromatografía terrestre e incluso de aquella que pudiera existir en los parajes oníricos. Sobre todo recuerdo el sueño del majestuoso y horripilante ser al que estábamos buscando, y al cual esperábamos encontrar antes de su despertar.

Cuando platiqué con el profesor Cortázar y con el doctor Julio Psosa acerca de mis sueños (ya que los tres habíamos sido condiscípulos en algunos cursos impartidos en la Universidad del Miskatonic) de inmediato me creyeron. De forma independiente ambos habían investigado los demoníacos cultos paganos de las Antillas y el Caribe, así como sus raíces africanas e incluso una secta que operaba en el lejano Círculo Polar Ártico. Mis sueños fueron las claves para iniciar la investigación que tanto sudor, sangre y vidas humanas nos había costado y cuyo desenlace estaba a punto de ocurrir.

El profesor Cortázar, erudito en arqueología y culturas antiguas, y yo, un simple estudioso y curador de libros de la Universidad del Miskatonic contemplábamos la ciudadela que creíamos era R´lyeh, la morada del más grande y poderoso de los Antiguos: el cefalópodo espacial conocido como Cthulhu. Mientras nos preparábamos para descender a la ciudadela, nos tomamos un minuto para beber nuestra última botella de whisky y recordar a nuestros compañeros caídos, aquellos que conocimos en los diez años que duraron nuestras aterradoras aventuras.

Nuestra querida Jackie había desaparecido en Dunwich, cuando el horror que Armitage había evitado una primera vez nuevamente fue invocado por algún degenerado Whateley sobreviviente de la región. Quinto, el cirujano de la Pahtli, había sido asesinado por los supervivientes de la antigua Orden de Dagón, organizados por un último Marsh que había escapado por poco de la justicia en Innsmouth. La pequeña Eve murió mientras robábamos la única copia del Necronomicón del demente árabe Abdul Alzhared que aún existía. Las balas de la policía la abatieron en la Biblioteca de la Universidad de Arkham. Dimanche murió durante el ritual de adoración de Cthulhu en Nueva Inglaterra. Alguno de los sacerdotes del monstruoso ser le había cortado la garganta con la daga ceremonial, cerrando el conjuro que haría emerger R´lyeh del fondo del mar. Y por último el doctor Psosa había desaparecido del barco dos noches antes, sin dejar rastro alguno.

Cortázar y yo descendimos a la ciudadela. El piso estaba resbaloso con la humedad y por una sustancia gelatinosa que hedía y parecía ser exudada de los mismos símbolos arcanos que recubrían cada superficie de la angulosa isla. Mientras caminamos para encontrar la puerta por donde debería salir el ser, buscamos indicios de que algunos de los locos adoradores del Antiguo apareciera. No había ni una sola alma en las cercanías.
-Llegamos a tiempo- dijo Cortázar, con el rifle en las manos dispuestos a abatir al primer ser, humano o no humano, que apareciera.
-Sólo faltan dos cosas para que Cthulhu sea invocado- dije, según había leído en los libros más viejos de la Universidad. En una mano sujetaba el revólver que había traído conmigo, mientras en la otra tenía una de las dagas que habíamos tomado de los rituales, objeto que estuve estudiando durante toda la travesía, tratando de desenmarañar el misterio de sus arcanos símbolos.
-¿Cuáles dos cosas, Humbert?
-Un sacrificio y la invocación apropiada…Bueno, en realidad sólo falta una.
Tomé a Cortázar del cabello levantando su cabeza y exponiendo su cuello. Situado a su espalda fue sencillo y de un solo corte sus venas y arterias fueron seccionadas. La sangre salió despedida en un amplio arco, salpicando los símbolos situados alrededor de la puerta. Solté al profesor, todavía vivo y caminé hacia la puerta. El profesor se dirigió una última mirada, curiosa, queriendo saber, en las postrimerías de la eternidad, el porqué lo había hecho.
-Mi nombre no es Humbert C. Christopher, profesor. Así me llamaron los Christopher que me adoptaron después de la muerte de mi madre. Sé que no lo investigó, porque quemé los archivos en Arkham. Mi nombre es Mauricius Whateley Marsh, primo de Wilbur Whateley y nieto de Obed Marsh, y debo invocar a mi padre para cumplir mi destino.

Cortázar había dejado de respirar en algún momento de mi explicación, pero ése era el menor de mis problemas. ¿Cómo era la frase que iniciaba el conjuro? Estaba seguro que con la frase de inicio mi mente desbloquearía el resto del hechizo. ¡Ah, si!

-Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgah´nagl fhtagn...

150.8 Realidad alterna (3)

El día prometía más sequía. Por las vacas no me preocupo, porque todas están muertas; pero el maíz es otra cosa. Si el maíz no crece este año todo esto se acaba. No es que importe mucho la vida de un anciano, pero al final de cuentas es mi vida. Lo que queda de ella. Mi manos me duelen un poco más cada día, y mi espalda suena cada vez mas cuando me muevo. Por las mañanas debo tenderme un rato al sol para que pueda mover mis cansadas articulaciones, pero aún no estoy acabado.

Al final del día me siento en mi porche, en la vieja mecedora de la familia, con mi vaso de cerveza hecha en casa, la cual está tibia pero no deja de ser mi cerveza. Si tuviera un puro tal vez no me quejaría tanto, pero el tabaco escasea en estos días. Mi último puro fue en los buenos tiempos, y los buenos tiempos murieron hace mucho.

Al final de la tarde vea la nube que se levanta encima de las áridas tierras. Sonrío por un momento, porque incluso percibo el sonido de un trueno, pero mi sonrisa desaparece cuando el trueno se revela como el motor de varios vehículos que se acercan. Hace unos años hubiera recibido éstas visitas inesperadas con la vieja Matilde en mis manos, cargada y dispuesta a escupir su plomo sobre los que vienen a robarle a este anciano la paz de sus últimos años. Ahora no me queda más que esperar sentado. No me puedo mover tan rápido como para levantarme.

Son varias camionetas, llenas de hombres con armas, aunque la mayoría no son más que niños.
-¿Eres tú Humbert Christopher?- me pregunta uno de los hombres mayores, con ésos lentes que parecen espejos y una gorra de camionero. No distingo si tiene aceite en la cara o es pintura de guerra, pero tiene la cara manchada.
Gruño mi respuesta.
-Lo soy- y doy un trago a mi cerveza. El sabor de la cerveza tibia no me provoca las náuseas que me provoca el homogéneo grupo que viene a buscarme. Si quieren problemas, tienen que buscar en otro lado. Dejé los problemas hace mucho.
-¿El Capitán Humbert C. Christopher, del Ejército Revolucionario Méxicano?
Veo ahora porqué me buscan. Ya sea para matarme o reclutarme.
-No he escuchado ése nombre y rango en mucho tiempo. El Ejército Revolucionario dejó de existir hace décadas. El Capitán Humbert está muerto.
Otro hombre, más joven y más tonto toma la palabra. Es enérgico. Me recuerda a mi hijo.
-¡El Ejército Revolucionario se volvió a levantar!, ¡estamos en Guerra nuevamente contra el Gobierno espurio!
Doy otro trago a la cerveza. No lo puedo creer. Me rio, ante la mirada atónita de la multitud. Cuento rápido a cuarenta personas. Toda una guerrilla está en mis puertas. Los buenos tiempos.
-Necesitamos a un líder, Capitán. Usted peleó la última Guerra. Usted ha sobrevivido. Lo necesitamos- me dice el primer hombre que habló
-Lo que necesitan es volver a sus casas con sus mujeres y niños-digo, dirigiendoles una mirada cansada y amarga, la misma que veo todas las mañanas en el espejo. Después veo intencionalmente al joven que se parece a mi difunto hijo y agrego-, y con sus madres. La Guerra terminó hace mucho y nada la traerá de vuelta.
Los hombres protestan. Acusan al hombre de engañarlos y me acusan a mi de poco patriota. El líder trata de componer el fiasco que está llevando a cabo.
-La democracia está en peligro, Capitán. Es hora de traer la justicia al pueblo, a la gente.

Me levanto. Dejo que escuchen mis viejos huesos crujir. Guardan silencio. Exploto.
-Escúchame hijo, en éste país la única justicia que le queda a un anciano es pasar en paz sus últimos años. ¿Quieres hablarme de justicia?, hablemos encima de ésa colina a tu izquierda. En ésa colina hablaremos entre las tumbas y cruces de mi familia, de mi esposa y mis hijos y hablaremos de toda la justicia que quieras. Después de hablar éste anciano te romperá todos los dientes del cuerpo y te mandará a darle un beso a tu esposa y un abrazo a tus hijos para que sepas lo que significa la Guerra para mí.
No dejo que vean las lágrimas en mis ojos. Me quedo quieto, mientras veo el entendimiento penetrar poco a poco el poco cerebro del hombre. Los demás no lo entenderán, ya que las manadas no tienen inteligencia. Dejaré que el tipo les explique después, cuando se larguen de mi casa.

Se alejan en sus camionetas, furiosos. Tendrán su guerra de todas formas, pero éste anciano acabado no estará en ella. Entro a mi casa, masticando la soledad de los últimos veinticinco años. Lloro en mi cama, sentado, mientras huelo el mechón de cabello de mi esposa que he guardado y la ropa que conservo de mis niños. Saco una caja debajo de mi cama, mientras mi furia me pregunta "¿porqué no?". En la caja está Matilde, esperando. La vieja escopeta conserva intactos sus mecanismos. ¿Porqué no?, ¿cuántas veces mis artríticos dedos podrían apretar el gatillo antes de hacerse trizas por el retroceso?, ¿cuántas veces podré disparar antes de caer abatido?, ¿a cuántos hombres me llevaré por delante antes de volver a ver a mi familia?

¿Porqué no? La última guerra la perdimos tratando de derrocar a un gobierno injusto y totalitario. Veinticinco años después poco ha cambiado. Podríamos volver a recordarle al gobierno que aún lo estamos observando. Que aún esperamos. Que aún estamos furiosos.

Tomo a Matilde en mis brazos. La cargo y recorto el cartucho. Se siente demasiado natural. Afuera, un trueno anuncia una tormenta. Se acerca una tormenta. Y es una de las grandes.

150.5 Realidad alterna (2)

Los golpes eran insistentes en la puerta de la choza. Después de un minuto los golpes fueron acompañados de susurros desesperados. "¡Chamán, chamán!", apuraban.

Abrí los ojos en medio del sueño. Alguien perturbaba al chamán, pero ésa es la vocación del espíritu. Me levanté del catre y estiré mis huesos. Antes de abrir la puerta me puse el tocado. Cosa rara, la gente te cree más cuando tienes puesto el tocado y la pintura en el rostro. Por lo mismo introduje mis dedos índice y medio en el cuenco de pintura facial junto al escritorio y me tracé líneas paralelas en ambas mejillas. Esperaba que mi aspecto cansado y desvelado diera a mi rostro la severidad que se requería en el chamán.


Abrí la puerta de golpe. Un poco de melodrama siempre es bueno para la gente, aunque no lo sepa. "¿Sí?", inquirí, fingiendo la seriedad de mi tono.

"Es mi Tene, Chamán-Quetzal, la volvió a poseer el espíritu maligno de la otra noche". En su pequeño e inocente tono no cabía la entonación sexual que pudiera derivar de las palabras "madre" "poseer" y "noche" que alguien menos serio que yo habría encontrado.

Chamán-Quetzal, mi apodo, era una especie de broma entre los chicos del pueblo. Cuando llegué a la pequeña comunidad agricultora, mi blanca piel, mi alta estatura y mi rostro barbado impresionaron a los locales. Chamán Quetzalcoalt me llamaron. Curandero Serpiente Emplumada, un nombre de buen agüero en los creyentes para el encargado de su salud, ya que decían el verdadero Quetzalcoalt podía curar con la sola imposición de sus manos. Yo no era tan milagroso.

"¿La traen con ustedes?" pregunté, al percibir a otras personas que parecían cargar con un bulto.

"Si chamán, como nos lo pidió" respondió una jovencita detrás del primero. No quiero parecer ofensivo, pero todos los habitantes se parecen entre sí, y en la noche me era imposible distinguir un rostro de otro.

"Háganla pasar" dije, mientras retrocedía. Tomé la vela encendida del marco de mi puerta y encendí un pequeño brasero con incienso. El olor inundó el pequeño cuartoy di gracias, ya que los efluvios de la señora inundaron mi nariz. Acomodaron al bulto en uno de los catres de espera y se hicieron a un lado. El chamán tenía trabajo que hacer. Me acerqué con la vela y en la media luz distinguí a mi paciente. La señora tenía la enfermedad de la orina dulce desde su juventud, y no era la primera vez que la enfermedad permitía el paso del espíritu maligno. Su boca estaba seca, al igual que su lengua, su respiración era firme, al igual que su pulso, su aliento era amargo, sin rastro de olor a frutas podridas, su boca no se desviaba hacia el lado, ambos brazos se movían. Las piernas estaban color ocre, pero no era nuevo, sino la firma de la enfermedad en su cuerpo. El olor de excremento me indicó que al ser poseída había perdido el control de su esfínter o que sufría de vaciamiento de las tripas.

"¡Tene, Tene!", le grité, mientras la agitaba de un hombre. La señora abrió los ojos para cerrarlos de nuevo. No respondió a nuevos intentos.

"¿Desde cuándo está así?" inquirí al hijo. "Desde ayer Chamán, pero aún respondía…fue ayer cuando tuvo diarrea y se quejó del estómago, pero no se sentía mal, y hace unas horas empezó a delirar, fue cuando decidimos traerla."

Había sido un duro viaje en la oscuridad, pero aún se podía hacer algo, o eso esperaba.


"Fue la diarrea lo que atrajo al espíritu de la orina dulce, si detenemos la diarrea y recuperamos el líquido perdido, tu madre podrá regresar a éste mundo" dije yo, el Chamán Quetzal.


Fui a mi armario de pócimas. Encontré el frasco con cocimiento de nanche y otro con té de hierbabuenas enfríado en el rocío de tres días. Mezclé dos tantos de cada uno, y agregué jugo dulce de caña. Al espíritu del mal de la orina dulce le gustaba la caña. Tal vez así se calmaría.


"Necesito que entre tres personas la sujeten, para que pueda echar la pócima en su boca". El hijo, la jovencita y un señor mayor (el Tata, tal vez) sujetaron a la señora, quién se debatió en sus brazos. El espíritu sabía lo que estaba a punto de suceder. Como pude, vertí un poco de la poción en la boca de la señora y ella la escupió. Así estuvimos debatiéndonos el espíritu y yo por una hora, entre escupidas, groserías y diarrea (un poco de ambas partes), hasta que, poco a poco, la señora recuperó su cuerpo y volvió a ser ella misma. Todavía la dejé descansar hasta que estuvo a punto de amanecer, para asegurarme que habíamos vencido al espíritu.


"Gracias Chamán, que los Dioses se lo paguen" me dijo la familia cuando les di permiso de retirarse.

"No se preocupen, los Dioses siempre pagan…a veces", les respondí. Los vi alejarse, poco a poco. La señora aún vaciaba el estómago, pero poco a poco las tripas se asentarían. Me senté en el quicio de mi puerta, masticando un poco de corteza de sauce, ya que el desvelo me daba dolor de sentidos. Cerré los ojos un momento, y una voz me despertó.

"Chamán, fíjese que vengo a ver que me da, porque..." me dijo un viejo ahuehuete que caminaba hacia mi choza con bastón y todo encorvado.

"Pase Tata…ahora mismo le preparo algo" dije yo, el Chamán, y seguí cumpliendo el destino de mi espíritu.


150.3 Realidad Alterna (1)

Al fin pasamos al otro lado de la reja. Creí que no lo lograríamos, pero en el último momento pude patear la mano que te sujetaba y, tras escuchar un chasquido, fuimos capaces de caer del otro lado. Revisé tus piernas en busca de mordidas, pero sólo encontré un par de arañazos y raspaduras de las puntitas de metal de la parte superior de la reja. Por acto reflejo te abracé, feliz de saber que (todavía) no te perdía, y es que el sentimiento de pérdida a no me dejaba hacer nada más: vi morir a mi familia, a mis amigos, a mis conocidos...inclusive yo mismo tuve que matar a un par de ellos para sobrevivir, y sobrevivir sin ti no era posible.

Los zombies empezaron a empujar la reja, tratando de alcanzarnos. Tal vez lo lograrían, pero nosotros no estaríamos allí para verlo. Teníamos que seguir la señal de radio para llegar al refugio y no sabíamos cuánto nos faltaba para llegar ahí, sólo que teníamos que cruzar todo el estado lleno de muertos vivientes y esperar lo mejor para continuar vivos.

Acaricié el revolver que colgaba de mi cintura. Reprimí el dispararle a los zombies del otro lado de la reja porque sería un desperdicio de las valiosas balas. El frío revolver se sentía vivo en mi mano, y supe que tarde o temprano lo utilizaría, en tí, en mí o en nosotros dos, dependiendo de a quién mordieran primero, pero por el momento, me llevaría a tantos cadáveres como pudiera por enfrente.

Con una mano sujeté mi katana (tomada prestada de la tienda de antigüedades de la plaza comercial, y afilada con un afilador de cuchillos de cocina) y con la otra te tomé de la mano. Me apretaste tan fuerte (y eras tan fuerte después de todo lo que habíamos vivido antes, durante y después del Apocalipsis) que creí que romperías mi mano, pero no, resistió, resistimos, y seguiríamos resistiendo, juntos, unidos y tomados de la mano.

En éste mundo lleno de zombies, lo único que me queda eres tú, y me alegro que así sea.